La mejor prueba de que Jesús está vivo

“Matasteis al autor de la vida, a quien Dios a resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.” Hechos 3:15
“¡Parece que hubieran visto un fantasma!” ¿Qué imagen le viene a la mente cuando oye una frase así? Un rostro sublime y pálido, un mentón tembloroso, la piel seca, los labios delgados y los ojos agrandado por el espanto.
Ver un fantasma no transforma a una persona haciéndola más fuerte y confiada. Por lo general, el testigo es renuente a hablar acerca de su experiencia. La duda ataca en oleadas: ¿De veras lo vi? Quizá fui víctima de una alucinación… estaba tan oscuro y el ambiente estaba tan enrarecido…

Un cambio conveniente
Cuando Jesús se apareció después de su muerte, sus discípulos pasaron por la etapa del “¿Vimos un fantasma o no?”, con sus consecuencias secuelas de terror, incredulidad y locos rumores. Pero esto no duró mucho. Durante cuarenta días Jesús hizo suficientes apariciones lo suficientemente claros como para convencer a todos sus discípulos -aún al escéptico Tomás- de que él había realmente derrotado a la muerte.
Según lo demuestra Hechos, los discípulos comenzaron a actuar en forma opuesta a la que uno esperaría si hubiesen visto un fantasma. Al contrario, actuaban como personas que habían sido testigos del acontecimiento más asombroso de toda la historia. No podían esperar el momento de contarle a todo el mundo lo que habían experimentado.
Era la exuberancia, no el miedo, el que se reflejaba en el rostro de los discípulos. En las callejas de Jerusalén y en el templo lo declaraba a cualquiera que quisiera escucharles esa noticia que no podía ser cierta, pero que lo era: “¡Jesús está vivo! ¡El hombre que había muerto había regresado a la vida -él es el Mesías que hemos estado esperando!”
Si usted alguna vez se siente tentado a dudar de la resurrección de Jesús, considere seriamente el caso de los discípulos transformados que encontramos en Hechos. Piense en Pedro, por ejemplo. Se había ocultado entre las sombras durante el juicio de Jesús, tratando de que su presencia no se notara. Temiendo ser arrestado, hasta había llegado a negar a Jesús, maldiciendo y jurando. ¿Puede éste ser el mismo hombre que está en pie entre los más importantes e ilustres líderes del país, acusándolos de asesinato (Hechos 3)? Algo encendió a Pedro, algo que no era fácil de apagar.

La respuesta a un nuevo mensaje
Mientras Jesús estuvo en el mundo, él predicó mayormente acerca del “reino”, advirtiendo a veces a sus seguidores que no mencionaran que él era el Mesías. En Hechos, el mensaje se hace público. Jesús es el tema de cada predicación, tanto la que se pregonó en el atrio del templo como la que se hizo en el marco lujoso de un palacio real, tanto al presentada a paganos de las clases humildes como a los cultos filósofos griegos. Los informes de su resurrección resuenan en todas las páginas de Hechos.
Este mensaje tenía para quienes lo oían por primera vez la misma maravillosa sensación que tiene la primera nota musical captada por quienes habían nacido sordos. Cinco mil persona creyeron (Hechos 4:4), y también muchos sacerdotes (Hechos 6:7) y muchos miles de judíos (Hechos 21:20). El pequeño grupo que Jesús había dejado atrás pronto se organizó y eligió oficiales para atender las necesidades de una iglesia que crecía.
Hechos sigue a los líderes claves de lugar en lugar, lo que nos permite ser testigos de un notable drama. Unos pocos hombre, escasamente educados, ponen en movimiento un plan mundial que eventualmente llegó a cambiar el rumbo de la civilización. Se estaba llevando a cabo una revolución, pero no con armas. Esta estaba impulsada por la obra de Dios en gente común que había visto un milagro. Como dijera Pedro: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).
Los discípulos encabezaron movimientos masivos hacia Cristo, por lo que cabe preguntarse: ¿Qué hizo que ellos fueran portavoces tan eficientes?

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